Mayra Veronica
¡Guauuu!!! Mayra tu belleza me paraliza los sentidos, me deja sin respiración, tu cuerpo es perfecto, hermoso y excitante.
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¡Guauuu!!! Mayra tu belleza me paraliza los sentidos, me deja sin respiración, tu cuerpo es perfecto, hermoso y excitante.
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Etiquetas: Latinas Famosas, Religión
Por Jorge Eugenio Ortiz Gallegos
Sobre los indios mexicanos mucho se ha estudiado y se ha publicado en los años recientes. Sus asentamientos eran comúnmente de temporales y sólo algunos pueblos se convirtieron en agricultores que subsistieron pese a las persecuciones de las que fueron víctimas con la conquista, que ciertamente fue un hecho de violencia, traído por las espadas y los caballos de los españoles.
En el estudio de ese pasado es fundamental destacar algunos factores que pueden explicar la subsistencia oprimida y menguada de las razas, de sus posesiones, de sus religiones y de sus lenguas. "Toto bebeto" (todo revuelto) me decía el primero de mis hijos algún día que viajábamos y leíamos los letreros de los nombres indígenas de las comunidades.
Se da por hecho que las razas avecindadas en territorio del México precortesiano, superaban el número de quinientas. En nuestros días ya no se encuentran sino más de 50 lenguas a punto de extinguirse, porque sus parlantes se han salido de sus tierras originales, para emigrar a las ciudades y a territorio extranjero. Son impresionantes dos hechos fundamentales de este nuestro país que no es una nación, sino una aglomeración de mezclas y de lenguas como en la torre de Babel:
Primero.- Nuestros antepasados aborígenes en el siglo XVI se convirtieron al cristianismo por una predicación apostólica que no duró más allá de aquel tiempo, ya que en el siglo XVII la Nueva España, esto es México, se contagió de la burocracia de España y de los arreglos de las iglesias católicas con los imperios de España y Portugal.
El hecho del milagro pretende ser ignorado en nuestros días por toda clase de intelectuales de la derecha, por hombres de la iniciativa privada y por los millonarios extranjeros que trasladan sus intereses para disfrutar las tierras de México que nos quedó después de la invasión norteamericana, que se robó Texas y California. Es una conciencia doliente, pero adelgazada después a través de las emigraciones, sacudidas por los medios electrónicos de las ambiciones: "El yo me veo viajando por los lugares de placer turísticos" y también por el constante dominio de los países de Asia en particular.
No se puede explicar la evolución de nuestra sociedad sin tener en cuenta la aparición por 1531 de la Morenita del Tepeyac, la Virgen Guadalupana. La llevamos en nuestro corazón y en nuestra memoria las historias de las herencias y de los nexos religiosos, con frecuencia se revuelven con las religiones antiguas, con sus costumbres y hasta con las presencias diabólicas de cuantos explotan a las razas.
Segundo.- Estamos los mexicanos condicionados por el anarquismo que resume por todos los poros de la humanidad. Es interminable la investigación de las rebeliones y martirios que pueblan la historia de los encomenderos, de los criollos y de los frailes venidos de las grandes órdenes del siglo XVI: Los agustinos, los carmelitas, los jesuitas y los dominicos.
Luis González Obregón nos legó el tesoro de su libro titulado "Rebeliones Indígenas y Precursores de la Independencia Mexicana", cuya primera edición se hizo en México entre 1906 y 1908.
La desigualdad que es propiedad inextinguible y el cierto modo incomprensible misterio de la vida y de la muerte, llena las 500 páginas impresas por Librería Navarro. Un solo párrafo nos condensa la terrible memoria del maleficio que ha desviado el progreso de México. Pese a las leyes engañosas de España que nacieron bajo la condenación del emperador español: "Obedézcanse y cúmplanse" y se ha convertido en "Obedézcanse y no se cumplan".
El "homo homine lupus" se identifica en la aversión y descontento originado por la rapacidad, los privilegios y las arbitrariedades desorbitadas de las castas importadas que heredamo
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Etiquetas: Religión

Sólo conozco dos tipos de personas razonables: las que aman a Dios de todo corazón porque lo conocen, y las que lo buscan de todo corazón porque no lo conocen.-
Blaise Pascal
Provoca una infinita tristeza, amable y estimado lector, el que no se hayan atrevido a apostar por Blaise Pascal o, al menos, haberle otorgado un breve espacio a manera de oportunidad para exponer su tesis, misma en la que plantea que, por la razón, se puede llegar a la fe. La colaboración no publicada y que titulamos La apuesta de Pascal, aborda un tema de sumo interés actual y que va íntimamente ligado con el que escribimos hoy, lunes 11 de diciembre. El entendimiento y la comprensión eran, son, vitales para un buen ejercicio de reflexión, acción ausente en el quehacer diario de cada mexicano en general, de cada peninsular en particular. Así pues, empecemos con nuevos ánimos un día más...
Hace unos meses, el pasado 2 de julio, el escritor Carlos Fuentes afirmó: "La Virgen de Guadalupe es la única realidad verdadera en México. Ella es todo en lo que en realidad la gente cree...".
Pues bien, amable y estimado lector, permítame comentarle que la primera procesión a la que asistí, hace ya algunos ayeres, fue en compañía de mis hijos acompañando al contingente del colegio marista donde Juan Rodrigo, el mayor de ellos, cursaba entonces la primaria en aquellos años, en la ciudad de Monterrey. Recuerdo de multitudes creyentes, multitudes que multiplicaban la fe. Los rezos, los cánticos, los penitentes. Los danzantes, la venta de imágenes, la banda de guerra, la música. En fin, un acto de fe multitudinario. La fe en su expresión límite, la fe absoluta -perdón: toda fe es absoluta, nada atenta contra ella-. La fe como un absoluto, ritual y ceremonial; la fe instalada en la corteza misma del cerebro y, por supuesto, los ojos de un niño que mira en una especie de encantamiento la fe de multitudes convertida en su propia fe.
La Virgen de Guadalupe, poderosa, milagrosa y aparte, madre de Dios. El acto de fe desde la cuna hasta la tumba, el creer como evidente algo que no lo es, el considerar absolutamente irrefutable algo que se puede refutar, incluso la fe como el mayor y mejor argumento de la razón. Como decía un viejo sacerdote: "Sólo que seas un imbécil y te quieras quedar solo en el mundo y terminar mordiendo tierra y quedarte en polvo, puedes hacer a un lado la fe". Era cierto. Para qué quedarse solo ante esa multitud de creyentes donde, además, estaban tus hijos y familia, tus amigos y tu vecino, donde estaba todo el mundo conocido y por tanto posible. Para qué quedarse solo.
La fe entra por los ojos, los oídos y el corazón, que se entusiasma en la devoción de multitudes. Y luego están los frailes franciscanos que se visten con la extraordinaria sencillez de su hábito, que los hace tan distintos y diferentes de todo el mundo. Los sacerdotes de los hombres, los hombres de Dios. Luego la visita al convento. Las celdas, los rezos, los cánticos. Ese maravilloso mundo de la fe consolidado, vuelto piedra y roca inamovible. La fe como acto intuitivo, acto de razón, acto de legítima defensa. La fe como acto de legítima defensa ante la muerte, el silencio, la nada, la pura tierra mordida y vuelta polvo.
En la época de nuestros padres, las personas normales tenían fe; los anormales, desconocida minoría, no tenían fe. Los de esa pequeña minoría -recuerdo al viejo sacerdote- eran tan imbéciles que preferían ser hijos del chango, del mono, que de Dios. El mayor de los absurdos, el más absoluto absurdo de esa minoría desconocida. Cuando se habla de la fe de tus mayores, se habla del signo distintivo de tus tatarabuelos, tus abuelos, tus padres. La fe es identidad y comunión con el otro; la fe es pasión social, de la comunidad, de multitudes. Todo lleva a la fe: la inmensidad del mar, la oscuridad, el campo, el canto del pájaro. La fe es signo de identidad social. El problema en aquellos años eran los protestantes, pero el hombre sin fe era una verdadera excentricidad y una loca preferencia por el mono.
La fe como acto de legítima defensa, porque las primeras palabras que quedan grabadas en los oídos del alma son Dios y muerte. Dos palabras infinitas sin traducción posible si no es con las razones del corazón. Y, luego, en el campo o el mar, ese cielo infinito con millones de estrellas que te recuerdan la casa de Dios, el altar de Dios. Existen todos los motivos para tener fe, todas las razones para tener fe, esa pequeñísima cosa que es uno ante la inmensidad que es todo.
De pronto el mundo se sacude y resulta que sólo los ignorantes tienen fe. La ciencia y la cultura destruyen la fe. El viejo sacerdote que decía que sólo los imbéciles y anormales querían como padre al chango, resulta ser un viejo ignorante. El mundo se sacude porque ahora la razón científica quiere y puede explicarlo todo. El mundo de la fe se derrumba y resulta que, ahora, los pocos anormales de antes forman mayoría. Ahora dudar de Dios es lógico, posible, necesario. Ahora resulta que esas multitudes que multiplicaban la fe en la Virgen de Guadalupe son ignorantes o fanáticas. Es decir, el mundo al revés, y eso en una sola vida. Es decir, de forma rápida, apresurada. Hoy, el Papa pide recuperar lo sagrado y hacer necesario ese diálogo entre razón y fe, entre ciencia y fe. Y todo ese cambio monumental en una sola vida. Cuando todo inició, era pecado dudar de Dios, era el mayor de los pecados cuando ser racional era un don de Dios. Ahora, ser racional es dejar de lado la idea de Dios. La razón, se decía, te lleva directamente a Dios. Hoy, la razón te hace imposible la idea de Dios. Dios dejó de convertirse en legítima defensa, ante esa palabra que nos recuerda la distancia que hay entre lo finito y lo eterno, que es la muerte, para ser ahora Dios refugio de cobardes, ignorantes, indefensos. Dios como imposibilidad para el conocimiento, cuando ante Dios era la posibilidad de conocer. Benedicto XVI, quizá venga a salvar las posibilidades de la fe en la época del encantamiento científico. La tarea es inmensa.
Pero aquí, amable y estimado lector, en la tierra de nuestros mayores, seguramente seguirá habiendo multitudes que rezan, danzantes, vivas a "La Guadalupana", a la reina de los cielos, penitentes, multitudes que multiplicarán la fe, ojos y oídos de niños que vibrarán y se asombrarán ante esa procesión infinita de hombres y mujeres. Niños que serán levantados en los hombros de sus padres, como antaño, para, escuchando las bandas de guerra, mirar a los frailes franciscanos conducir a su hogar, a su casa, a la Virgen de Guadalupe. Y, quizá alguno, cuando hombre, sea fraile franciscano porque, ante los milagros de la ciencia, siempre ocurren también los milagros de la fe.
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